Dejemos ya de forzar a los niños


GREENBERG, Daniel. “Stop Pushing Children”. En: Education in America. A view from Sudbury Valley School. Framingham, EE.UU.: Sudbury Valley School Press, 1992. p. 5 – 7

Traducción: Javier Herrero (Ojo de Agua)


El siglo veinte tiene pocas reivindicaciones que hayan iluminado a la humanidad, pero un logro legítimo han sido las leyes de protección laboral de la infancia. La revolución industrial llevó a los niños pequeños, tan pequeños como de cinco años, hasta las fábricas y factorías, con frecuencia dirigidas por sádicos capataces y por un sistema siempre brutal. El resultado fue una forma de pedicidio: la destrucción sistemática de la infancia, que ha dejado una cicatriz permanente en el paisaje humano.

Las leyes de protección laboral de la infancia lo cambiaron todo. La gente con cultura estaba orgullosa de haber restaurado a la gente joven su infancia, un periodo de crecimiento, juego y lenta maduración. Incluso las escuelas se vieron afectadas, introduciendo en la rutina diaria actividades tan exóticas como juegos de exterior, gimnasia y recreo.

Suponía que era demasiado bueno como para que durase. Una cultura basada en la neurosis simplemente no puede declararse a sí misma sana. La visión de todos esos niños pequeños jugueteando felizmente, despreocupadamente, era demasiado. De modo que nuestros hombres sabios y líderes educativos decidieron hacer algo al respecto. Ahora se nos dice que tenemos que forzar a nuestros niños a aprender materias académicas específicas prácticamente desde el momento en que nacen.

El mensaje es bien claro. Los buenos juguetes para niños deben ser educativos, deben desarrollar destrezas motrices, coordinación oculo-manual o reconocimiento de símbolos. Las buenas guarderías deben incluir instrucción para los niños que recién acaban de aprender a caminar. Las buenas escuelas infantiles y guarderías deben contar con un currículum bien desarrollado.

La instrucción musical debe comenzar a los tres años, la instrucción para nadar con un año, la instrucción para leer tan pronto como el niño sea capaz de ver. Se nos dice sin un resquicio de duda que los padres que ignoren estos imperativos educativos están desatendiendo a sus hijos, preparándoles para su fracaso en la vida.

La arrogancia humana no tiene límites. Millones de años de evolución han desarrollado mecanismos de supervivencia ajustados con precisión para todas las especies. Una de las más universales es la maduración, un proceso diseñado para desarrollar el pleno potencial de cada ser vivo.

El crecimiento es diferente en los detalles para cada individuo, dependiendo de la dotación genética y de las circunstancias ambientales. Pero un aspecto es común a todos: el proceso, para beneficiarse plenamente del potencial de la especie, debe ser una maduración natural, sin interferencias por parte de torpes intrusos.

¿Por qué sentimos que no podemos dejarlos la iniciativa? La infancia es un estado bello, loado por poetas y filósofos desde tiempo inmemorial. Los niños libres, sin cargas, felices, buscan por iniciativa propia integrarse suavemente en el mundo adulto –ser de ayuda, devolver el afecto que recibieron y crecer para convertirse en ciudadanos responsables y buenos padres.

¿Estamos de verdad mejorando las cosas cuando tomamos a estos niños y los devolvemos tensos, a lomos de la culpa, nerviosas pequeñas personas forzadas a perseguir metas adultas que ni siquiera pueden comprender?

Quizá ”debería haber una ley”: Nadie forzará a los niños a aprender ninguna destreza o disciplina académica antes de que lo elija por propia voluntad. Quizá el siglo veinte debería terminar como empezó, con una sociedad expresando su cariñosa preocupación por los niños.

http://ojodeagua.es/files/2011/11/Autodidacta_n_12.pdf