Modelos de Realidad


GREENBERG, Daniel. “Children and Grownups: An essay on human behavior”. En: Worlds in Creation. Framingham, EE.UU.: Sudbury Valley School Press,, 1994. p. 75-83

Traducción: Javier Herrero (Ojo de Agua)


A lo largo de los años, nada me ha intrigado más que la enorme disparidad entre cómo sentimos intuitivamente a los niños y cómo pensamos intelectualmente sobre ellos. Nuestra pura experiencia, tal como se refleja en nuestras leyendas, historias, poesía, recuerdos biográficos y especulaciones, nos conduce a ver a los niños casi como divinos en muchos de sus atributos. Consideramos que poseen –entre otros rasgos- pureza de espíritu, honestidad, apertura, calidez, simpatía, lealtad, empatía, curiosidad, capacidad de asombro, respeto, alegría, persistencia; incluso, tenacidad, juicio, calma interior y autoconocimiento. También sostenemos que tienen potencial para todo el abanico de características que, aunque a menudo las vinculamos con la divinidad, solemos considerar menos deseables: tales como la habilidad para expresar rabia, violencia, tristeza, desesperación y malevolencia. En un nivel más visceral, sentimos que los niños son, esencialmente, personas en miniatura. Esta actitud se ve fácilmente en nuestra respuesta al comportamiento de un niño que manifiesta una destreza adulta sólo que un poco desviada o equivocada, por ejemplo, andares pasmosos o extrañas pronunciaciones o frases unidas en forma extraña. En esas ocasiones, nos sentimos cómodos riéndonos, una risa que plena de disfrute y carente de malicia (y de la que a menudo el niño se hace eco, uniéndose al reconocimiento de la gracia su propia absurdez). Nos sentimos libres para reír precisamente porque, en esencia, consideramos que el niño es una persona completa y que simplemente ha sufrido un tropezón, inocente y gracioso. Contrastemos esto con nuestra reacción hacia personas heridas o con limitaciones físicas y que comenten errores similares. Ni en sueños nos reiríamos de ellos, porque sabemos que no disponen de la totalidad de lo que la naturaleza ha otorgado a la mayoría de las personas.

A menudo me siento constreñido por la complejidad de los argumentos en este libro al hacer un uso lo más sencillo posible de los pronombres; de otra manera, el lector está en peligro de perder el hilo del argumento por causa de un uso excesivo. Por tanto, aunque el uso de las formas él/ella, suyo/suya, etc. está ampliamente extendido o es evitado a través de la introducción de plurales o de formas nominales, ruego la indulgencia del lector para aceptar las formas pronominales masculinas tradicionales como representativas de ambos géneros cuando sienta que es necesario.

En contraste, la manera en que la cultura Occidental piensa y teoriza sobre los niños como personas en formación, como seres que están sufriendo un largo proceso gradual de desarrollo en todas sus facultades hasta que finalmente logran llegar a ser totalmente humanos. Las modernas teorías de desarrollo del niño buscan describir y comprender los orígenes y las relaciones con los otros y con el medio ambiente de las diferentes facetas de que está formada la persona completa, así como proporcionar un marco de referencia para el progreso desde un temprano estado de casi total informidad hacia un estado maduro de funcionalidad. De acuerdo con estas teorías los niños no son considerados personas completas en la medida en que están sufriendo esta clase de transición, una conclusión basada- presumiblemente- en un estudio cuidadoso y en un análisis científico más que sobre la base de la conjetura intuitiva y el pensamiento pre-científico.

En realidad, el final del siglo veinte descubre que la infancia es el último bastión de un colonialismo y/o racismo intelectualmente justificado por la cultura Occidental, el único que se mantiene después de que todos los demás, antiguamente apoyados por las más sofisticadas teorías científicas, se rindieran -aunque con frecuencia de mala gana- a la presión de la experiencia de la vida real. Mucho después de que los intentos de proporcionar una base científica que justifique diversos grados de humanidad con base en la raza, la cultura, la religión o el género, hayan sido desacreditados, la degradación de los niños aún está prácticamente intacta en los círculos intelectuales más avanzados.

Tengo dos objetivos en este ensayo. Primero –y el más importante para mí- es comenzar a desarrollar el vocabulario y el marco de referencia dentro del que puedo comprender mejor -y comunicar a los demás- la realidad de la infancia. Además, me siento impulsado a comprender cómo algunas de las más preclaras mentes de los tiempos modernos han sido capaces de desarrollar modelos del mundo que están tan desacompasados con los modelos de la inmensa mayoría de las personas a lo largo de la historia. En la medida que alcance mi primera meta, será más sencillo hablar sobre los niños de forma más cómoda y coherente, una forma que cree menos disonancia entre el análisis y la intuición. En la medida en que alcance mi segunda meta, será más fácil para la gente que ha estado adaptada a las escuelas actuales de pensamiento retroceder desde sí mismos y familiarizarse con inexplorados y a menudo ocultos marcos de referencia de los que con frecuencia son inconscientes dentro de los que han estado cautivos.

Mi sobrino estaba de pie en la puerta de su cuarto de estar, sosteniendo a Opher, su pequeño hijo de siete meses. La tarde ya estaba avanzada y la luz comenzaba a decaer. Opher estaba tranquilamente apoyado en el brazo de su padre, mirando intensamente la habitación. Estaba cansado, pero aún alerta, absorbiendo todo lo que sucedía a su alrededor. Yo le miraba, su cuerpo erecto y relajado, con su porte calmado. “¿Qué hiciste durante todo el día de hoy?”, pensaba; “¿Qué duro trabajo ha tenido profundo efecto sobre ti? ¿En qué te has ocupado? ¿Qué piensas sobre el mundo a tu alrededor? ¿Dónde viajaste en tus fantasías? ¿Qué aprendiste?”

Siempre ocupado, nunca aburrido; alternando sin interrupción entre acción y reposo; abriéndose al exterior y absorbiendo; y siempre, siempre, siempre mirando, con esos fantásticos y grandes ojos, plenos de expresividad. ¿Qué hizo que mereciera la pena hoy? La cuestión nunca me abandonó, hasta que finalmente estuve preparado para aceptar el hecho de que nunca –nunca podría- saber la respuesta, no sólo respecto a Opher, sino respecto a ninguna de mis otros nietos o sobrinos nietos, ni respecto a ningún niño. El mundo de Opher era ahora y para siempre inaccesible para mí. Y con la finalidad de que esa comprensión viniera para entender que debo aceptar, sin duda, mi absoluta incapacidad para emitir juicios sobre sus acciones y que debo confiar en él sin reserva en que continuará con fortuna su progreso personal hacia el destino único para el que la Naturaleza le ha preparado más que adecuadamente.

¿Qué hace, en realidad, un niño durante todo el día?

Tan pronto como se formula esta pregunta, las objeciones se presentan por sí solas. Podemos, por supuesto, describir hasta cualquier nivel de detalle que deseemos todas las acciones específicas que un niño ejecuta hora tras hora. (Bueno, quizá no tanto. Incluso con la mejor intención de minuciosidad, debemos escoger un número relativamente pequeño de acciones observables para registrarlas y reconocerlas en realidad como observables. El proceso de filtración por el que decidimos qué observar y registrar y qué ignorar por insignificante es ya, desde el principio, un determinante principal en lo que decidimos que estamos viendo. Más sobre esta materia, después).

Una simple lista de acciones, sin embargo, casi nada nos dice sobre lo que el niño está haciendo en la realidad, si por la palabra “haciendo” entiendo comunicar el espectro completo de procesos mentales que acompañan las acciones físicas exteriores. Las acciones tienen significado para la personas que las ejecuta sólo en la medida en que esa misma persona ha sido quien las ha colocado en ese contexto. O –para enfocar más aún la materia- puede decirse que las únicas acciones que una persona realiza son las que se derivan de un contexto mental (incluyendo los procesos mentales voluntarios e involuntarios). Nada que haga una persona, por insignificante que parezca- sucede sin un anclaje con el marco de referencia mental del actor.

Desafortunadamente, el reino mental del niño nos es totalmente desconocido en este momento, y parece destinado a permanecer así durante mucho tiempo. Simplemente no sabemos lo que sucede en la mente de un niño cuando lleva a cabo una acción cualquiera. Es extremadamente peligroso engañarnos al creer que podemos extrapolar a partir de la información que poseemos como adultos, o a partir de la información obtenida a través de niños mayores que han aprendido a comunicarnos conceptos complejos. Los estudiosos del comportamiento animal han conocido profundamente los peligros de antropomorfizar los procesos mentales de los animales (por muy similares que puedan resultar) basados en la forma en que los animales se comportan en ciertas situaciones. En los casos en los que se estudia a los animales, estamos dispuestos a reconocer la total imposibilidad de comprender mejor los procesos del pensamiento animal, debido a nuestra incapacidad para crear canales de comunicación con ellos4. En lo que se refiere a los niños, las barreras no son menos restrictivas, pero a los investigadores a menudo les gusta minimizarlas porque los niños con el tiempo adquieren una reconocida capacidad adulta de comunicarse con otras personas.

En realidad, entonces, estamos bloqueados cuando buscamos comprender el significado del comportamiento de los niños y, a fortiori, cuando intentamos construir a partir del comportamiento infantil una comprensión del desarrollo de la mente humana desde el nacimiento.

¿Qué podemos decir, entonces, sobre lo que un niño hace durante todo el día? Muy poco y mucho. Tenemos que mirar hacia consideraciones evolutivas y biológicas más amplias para comprender un poco mejor el amplio perfil de lo que debe estar sucediendo durante estos primeros meses formativos.

Una especie puede sobrevivir solamente si satisface dos condiciones fundamentales: (1) Los miembros adultos de la especie deben ser capaces de satisfacer todas sus necesidades básicas de supervivencia –o al menos un número suficiente de miembros adultos de la especie debe ser capaz de lograr sobrevivir para garantizar la continuación de la especie; y (2) la descendencia de la especie debe poseer la inclinación natural desde el nacimiento para desarrollarse como adultos efectivos. Si la condición (1) no se satisface, entonces habrá un número progresivamente menguante de adultos hasta que la especie desaparezca. Si la condición (2) no se satisface, la especie no tiene mayor probabilidad de sobrevivir que una generación más. Lo que decimos aquí es obvio.

Al mirar con mayor profundidad en el significado subyacente de la condición (1) se produce una mayor comprensión de la naturaleza de la condición (2). ¿Qué es lo que capacita a los adultos a cuidar de sus necesidades de supervivencia?

Claramente, estas necesidades suponen interactuar con el mundo exterior al individuo. Ninguna persona es internamente autosuficiente: comida, agua, cobijo, parejas, todos ellos provienen del exterior. Más aún, una de las características clave que distinguen a los animales de las plantas en el grado hasta el cual los primeros son capaces de iniciar y continuar interacciones con el ambiente, ayudados por su movilidad y por los cerebros que dirigen sus acciones. Los seres humanos llevan esta ventaja un paso más allá, exhibiendo un alto grado de conciencia de su habilidad para interactuar y de sus formas de interacción, una conciencia que incluye la dirección consciente de la actividad humana. Para decirlo de forma más simple, los seres humanos son criaturas que dependen para su supervivencia de su habilidad para relacionarse con el mundo a su alrededor y que están dotados con mentes y cuerpos tan avanzados como para desarrollar enormemente la probabilidad de sobrevivir.

4 Como dijo el biólogo Lewis Thomas, sucintamente: “No tengo ni la más remota idea de lo que sucede en la mente de mi gato Joeffry, más allá de la convicción de que es una mente genuina, con pensamiento genuinos.” The Fragile Species (Scribner ́s: New York, 1992, p. 110)

Todo esto parece ya muy trillado y suficientemente conocido como para ser digno de mención, hasta que examinamos los detalles de lo que está involucrado en la interacción de las personas con su entorno. El primer y más obvio componente que se necesita es un conjunto de medios de comunicación entre el interior y el exterior de cada persona; nos referimos a ellos normalmente como órganos sensoriales. Su función es transmitir un aluvión coherente de señales al sistema nervioso del cuerpo, desencadenadas por todo el bombardeo físico-químico al que los órganos están sometidos desde el exterior.

Lo que apenas puede acentuarse suficientemente es que la miríada de interacciones que suceden en estos interfaces y el enorme número de señales nerviosas transmitidas desde los órganos sensoriales al sistema nervioso, no son ni más ni menos que una caótica amalgama de mensajes sin forma o significado para el organismo receptor. Las interacciones en sí mismas no tienen un significado inherente para el individuo. Un manera sencilla de apreciar lo que estoy diciendo es imaginarse a uno mismo, tal como es ahora mismo, depositado en medio de una remota tribu, la totalidad de cuyos miembros adoran hablar interminablemente. Se trata de imaginarse inundado por un flujo incesante de charlas provenientes de todos lados, ninguna de las cuales tiene sentido para uno. El sonido afecta a los oídos y ellos, a su vez, están enviando un conjunto de señales nerviosas iniciadas auditivamente hacia el cerebro, pero nada de esta amalgama tiene significado alguno para uno. Incluso más ajustado, quizá, sería imaginarse rodeado por delfines parlanchines en un barco submarino. En este caso, no sólo los sonidos no tienen significado para uno, sino que incluso ni siquiera tiene la seguridad de que tengan significado, puesto que todavía no hemos descubierto si los sonidos de los delfines son medios de transmisión de información comunicativa significativa.

Este sencillo ejemplo puede hacerse extensivo a todos los sentidos y a todo lo que les afecta en ausencia de un aparato interpretativo localizado en el cerebro5. El mundo nos golpea con un caos primitivo de grandes masas de información y nosotros, de alguna manera, debemos hacer algo con ello para sobrevivir, relacionándonos con el mundo de una forma que satisfaga nuestras necesidades. ¿Qué hacemos?

Si pudiéramos responder esta pregunta en detalle, conoceríamos el secreto de la inteligencia y la conciencia. Hoy, este secreto continúa siendo un misterio. Pero podemos hablar sobre la pregunta en un contexto más amplio de modo que nos ayude a comprender quiénes somos y cómo funcionamos.

En aras de la sencillez me referiré colectivamente a todas las unidades de procesamiento de una persona como “el cerebro”, aunque está claro que hay una enorme variedad de procesadores localizados en diferentes partes del sistema nervioso, a lo largo de todo el cuerpo; y también a los procesadores externos al sistema nervioso pero conectados a él.

Hay una desafortunada e infinita regresión y circularidad aquí, del tipo bien conocido por los filósofos que tratan de entender cómo comprendemos. Cualquier proposición que presente sobre la manera en que las personas se relacionan con el mundo son en sí mismas parte de la manera en que yo me relaciono con el mundo, etc. Este es un fracaso típico del pensamiento lineal, que busca la comprensión de todo a través de afirmaciones sencillas unidas secuencialmente unas con otras y siempre deben acabar en tales regresiones circulares cuando alcanzan a las últimas respuestas. Continuaré mi presentación a pesar de esta aparente dificultad, confiando en el buen sentido de todos nosotros para reconocer que, aunque resulte absurdo, “todos sabemos de qué estamos hablando.”

Las acciones fundamentales que ejecutamos para manejar la avalancha de entradas de información que se avecinan sobre nosotros son:

– Inventar Modos de Relación con la Realidad, que son nuestros propios sistemas personales de clasificación, organización, categorización, simbolización y relación de manera que podamos utilizarlos; y

– Crear Modelos de Realidad, marcos de referencia que debemos crear y re-crear trabajosamente en todo momento para representar el orden momentáneo que hemos impuesto sobre las entradas de información.

Estas acciones están inextricablemente entretejidas, los Modos influyen en los Modelos, Modos que contribuyen decisivamente en los estilos; y los Modelos incluyen los Modos como sus componentes esenciales. En realidad, no es verdaderamente posible hablar de dos clases de acción separadas, tal y como acabo de hacer, puesto que no sólo es que cada una está relacionada con la otra, sino que incluye a la otra. Así, por ejemplo, las representaciones del mundo incluyen los procesos por los que es posible realizar las representaciones del mundo; de la misma manera que los sentimientos asociados con el mundo de una persona separables del proceso de construcción de modelos o de los mediadores a través de los que el mundo afecta a la personas.

No he sido capaz de encontrar una palabra actualmente en uso que encarne satisfactoriamente estas dos acciones entretejidas –a saber, la invención de Modos de Relación con la Realidad y la creación de Modelos de Realidad. Debido a que estaré tratándolos en profundidad –forman parte de todos los elementos de este ensayo- me he visto forzado, muy a mi pesar, a introducir una palabra nueva para representarlos: “Modor”. Para mí, el Modor designa la totalidad de los mecanismos por los que una persona percibe la vida; esto incluye todos los mediadores de interacción con el ambiente (p. ej.: aquellos mediados por los sentidos), todas las maneras en las que se procesan las entradas de información en el “sistema” de la persona, todas las representaciones que la persona se hace del mundo a su alrededor, consciente o inconscientemente, cognitivas y emocionales.

Es hacia este trabajo de construcción de Modor hacia el que ahora dirigimos nuestra atención.

Hay algunas características importantes de un Modor de las que podemos obtener cierta comprensión, todas las cuales son parte de su esencia. Estas características son coexistentes e igualmente importantes, así como interdependientes. Se incluyen las siguientes: (1) El proceso de crear un Modor supone una absorción constante de información nueva; (2) El proceso es dinámico, haciendo un uso extensivo de pruebas de alcance exterior; (3) El trabajo sobre el Modor tiene lugar en los niveles consciente e inconsciente del pensamiento; (4) Un Modor es totalmente incluyente y no puede ser delimitado por descripciones claras; (5); Un Modor está sometido a constante cambio y revisión; (6) El mantenimiento de un Modor es la función mental primaria y está empotrado en el impulso de supervivencia; (7) Todo aprendizaje, pensamiento y resolución de problemas está dirigido por el Modor y relacionado con él; (8) Todas las interacciones sociales con otros individuos dependen en alguna medida de la conexión exitosa entre los Modores de las personas concernidas.

http://ojodeagua.es/files/2011/11/Autodidacta_n_11.pdf